Reconocer nuestros sentimientos y gestionarlos nos permitirá tener una mejor relación con los alimentos.

Las emociones que vivimos a diario influyen tanto en la manera en la que nos relacionamos con otros, como en la forma en la que comemos. Según Paula Andrea Henao, nutricionista coach de SURA, los seres humanos nos alimentamos movidos por una necesidad fisiológica en la cual las emociones juegan un rol especial a la hora de escoger lo que vamos a ingerir.   

Por eso, la alimentación consciente o mindful eating es tan importante para fortalecer nuestra relación con la comida. Esta práctica consiste en poner atención plena al momento de preparar y consumir los alimentos, dedicando el tiempo suficiente no solo a saborear y disfrutar lo que estamos ingiriendo, sino también para “escuchar nuestras emociones y cuerpo, pudiendo satisfacer las necesidades nutricionales y emocionales”, en palabras de Henao. 

Hambre emocional y fisiológica, ¿cómo diferenciarlas? 

Muchas veces hemos sentido apetito una vez terminamos de comer. Sin embargo, hagámonos esta pregunta: ¿es realmente hambre o, simplemente, la forma en que contestamos ante una emoción? Si la respuesta a esta cuestión está relacionada con los sentimientos, es probable que nos enfrentemos a un episodio de hambre emocional.

Diferenciar entre la necesidad fisiológica y emocional es muy importante. Por eso, aquí te traemos unas características que pueden ayudarte a hacerlo:

  • El hambre emocional es repentina, mientras que la fisiológica es paulatina
  • Cuando comemos impulsados solo por la emoción, solemos antojarnos de un alimento específico. En cambio, cuando se trata de hambre fisiológica, cualquier alimento nos sacia
  • Normalmente, después de saciar el hambre emocional, podemos sentirnos culpables o arrepentidos. Por el contrario, cuando obedecemos a la necesidad fisiológica, quedamos satisfechos y sin sentimientos negativos. 

Reconocer qué pasa por nuestra mente cuando sentimos hambre es muy importante para entender los motivos que nos llevan a comer y, así, poder escoger alimentos nutritivos que satisfagan también las emociones que experimentamos. Estos simples consejos pueden ayudarte a frenar el deseo de comer: 

  • Reconoce tus sentimientos y dales una salida: no niegues las emociones que estás viviendo, por el contrario, intenta escucharlas y hacer otras actividades que te permitan desahogarte, como hablar con un amigo o meditar. 
  • Observa cómo te sientes una vez satisfaces el deseo de comer y pregúntate si ese alimento logró cambiar tu estado de ánimo
  • Distrae tu mente con alguna actividad: cuando sientas hambre emocional, date un espacio de quince minutos para hacer cosas que disfrutes como leer un libro, escuchar una canción o un podcast, así podrás controlar el impulso de comer emocionalmente. 

Trastornos emocionales de la alimentación 

Como lo dijimos antes, los seres humanos no podemos separar la mente del cuerpo y, a la hora de comer, esta unión es indisoluble. Los trastornos alimenticios son una muestra de ello: estos se definen como enfermedades mentales que afectan los comportamientos relacionados con la alimentación, lo que lleva a alterar la forma en la que los consumimos, generando deterioros en la calidad de vida de quienes los padecen. 

Conocer sus síntomas y tratamiento es fundamental para una atención integral de dichas patologías. 

    • Anorexia nerviosa: es la distorsión de la imagen corporal aunque se tenga un peso saludable, acompañado por un miedo intenso por subir de peso. Esto lleva al paciente a restringir de alimentos, lo que conduce a la delgadez extrema. 
  • Bulimia nerviosa: caracterizada por episodios en los que se consumen alimentos desaforadamente y, al generarse un sentimiento de culpa, el paciente opta por inducir el vómito. A veces, viene acompañada de otras prácticas inapropiadas para evitar subir de peso, como el uso de laxantes o diuréticos, ayuno o ejercicio excesivo. 
  • Ortorexia: es la compulsión excesiva por una dieta saludable, dejando de consumir alimentos de manera normal. Incluso, muchos pacientes optan por no comer cuando no encuentran víveres que cumplan con esos requisitos. 

El tratamiento de estas patologías debe ser integral, es decir, abordar no solo la parte nutricional y médica, sino también acompañarla con psicoterapia, la cual permita cambiar esas conductas alimentarias y la reconciliación necesaria con los alimentos.  

De esta forma, elegir nuestros alimentos es una tarea que va más allá de lo fisiológico: la recomendación siempre será escoger sabiamente aquellos que nutran el cuerpo mientras los disfrutamos, conscientes de que ese proceso nos trae bienestar físico, emocional y mental. 

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