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El relativo placer de comprar

8 marzo 2017 Revista 5 Sentidos

Cuando se viaja existe la tentación de comprar una prenda, pero ¿qué tan necesario es?

Son cuatro pisos repletos de artículos. Los empleados apenas alcanzan a acomodar las cosas nuevas, cuando ya tienen seis u ocho manos encima para darles el visto bueno. Por la generosidad de los espacios bien podría tratarse de un museo importante, pero mientras en los templos del arte escasamente se puede tocar algo, en los de la moda el imperativo es ver, tocar, probarse, apropiarse.

De viaje están en el itinerario sugerido; se visita el museo para alimentar el espíritu y la tienda para abultar el armario, no importa que sea una marca global que está en esta y cientos de ciudades más, incluso en la propia, quizás en aquella tengan esa chaqueta que estaba en la web y quise probarme. Resulta absurdo gastarse el tiempo disponible en un nuevo destino entre una tienda, pero ellas tienen lo suyo, como un mal hábito que tratamos de dejar, pero que preserva cierto encanto.

De la entrada a la registradora hay un itinerario, estantería por estantería la coquetería hace lo suyo: aquella camisa blanca básica que ahora vino con un giro; los pantalones de pana que están en furor; el morral de la colección pasada que al fin bajó de precio. El antebrazo se cansa de sostener el arrume de prendas entre un piso y otro, la fila del probador es interminable, y ni siquiera almorzamos para poder dedicarle tiempo a la tienda.

Si es invierno hay que “pelarnos como una cebolla” para remover las múltiples prendas que llevamos encima y probarnos las elegidas; si es verano llegamos sudorosos a medirnos unos jeans ajustados y una camisa de cuello tortuga. Al final, de las diez cosas que llevamos al vestier solo dos funcionan, así que reiniciamos el recorrido en la tienda a la inversa, ¡no vamos a perder la visita!

Acaso la camisa blanca básica sea una necesidad, ¿y lo demás?, ¿qué necesito realmente? ¿Si me veo con ese morral o es que ya las revistas de moda hicieron mella en mi cerebro? ¿Cabrá todo en la maleta? ¿Cuántas ciudades me faltan para cargar estos kilos de más? Comprar es un placer relativo, y comprar de viaje, en tiendas globales de las que hay varias en mi ciudad, casi un sinsentido.

No vamos a ahondar en el tema de la explotación laboral o en a quién se traslada el costo real de aquello que compramos tan barato o del costo medioambiental de comprar y desechar sin medida. Igual resulta más divertido un paseo por las pequeñas tiendas locales, que venden productos locales con historias locales (y, por pura vanidad, después habrá menos riesgo de encontrarnos con alguien que lleva el mismo atuendo).

Resistirse al mal hábito no siempre resulta fácil, pero ver el costo que implica, pone las cosas en perspectiva. Comprar con medida es sensato, e inclinarse por aquello que quizás no encontremos en casa, más aún; de regreso, es momento de revisar el armario, hacer espacio a las cosas nuevas y poner a rotar las que ya no usamos; otros sacarán provecho de lo que cumplió un ciclo.

El consumo es necesario, mueve la economía y dinamiza, pero el consumismo al que nos vemos abocados implica responsabilidad. Y de viaje, acaso quede más en la memoria un buen café compartido en una ciudad entrañable, que la camisa blanca que será reemplazada en un par de semanas apenas llegue una nueva a las vitrinas.

Por: Claudia Arias V.