La idea que llevaba a las personas a querer tener un mismo trabajo o al menos a estar siempre en la misma empresa ya suena a utopía, tanto por parte del trabajador como de la organización.

Esta forma de trabajo, más que calificarla como una opción positiva o negativa, debe analizarse desde las desigualdades que puede traer, incluso entre los que hacen parte de ella.

Un caso está en los países andinos donde los autoempleados que se encuentran en el 25 % más bajo de la distribución de ingresos tienen una prima de ingresos negativa o no significativa, lo que quiere decir que estarían en mejor situación en términos de ingresos como empleados asalariados. En contraste con lo anterior, aquellos que se encuentran en el 25 % más alto, tienen una prima de ingresos positiva con respecto a los trabajadores dependientes; según la publicación Creciendo con Productividad: Una agenda para la región andina del Banco Interamericano de Desarrollo1. Estas cifras nos dan a entender que el autoempleo puede ser beneficioso en unos casos y en otros no tanto, sin quitarle méritos como opción laboral interesante, pero dejando claro que para todos no es la mejor alternativa.

Un contexto laboral cambiante y con poca estabilidad, sumado a un mercado hiperconectado y en constante evolución, da pie a tendencias como el autoempleo, que se caracteriza por la idea de trabajar para sí mismo. Quienes hacen parte de esto, en vez de querer vincularse laboralmente, anhelan gestionar su tiempo, estar alejados de los cubículos y no tener jefes. Incluso están dispuestos a no contar con un salario fijo. Esta forma laboral parece tomar cada vez más fuerza y sobre todo con la popularización de espacios colaborativos en los que diferentes tipos de profesionales coinciden y hasta terminan generando sinergia entre ellos: los coworkings.

Aquí surge una pregunta: ¿Cuáles son las consecuencias de buscar una verdadera independencia económica con este modelo de trabajo? Este ideal, manejado por gran parte de la fuerza laboral de la región, puede generar ansiedad e incertidumbre, llevando a la persona a estar todo el día en función de su rol y dejando atrás temas como la buena alimentación, el descanso, el tiempo de ocio y relacionamiento social. La salud mental podría verse afectada por la presión que cada trabajador podría generar sobre sí mismo, en parte por la falta que puede hacer tener un grupo de compañeros, una empresa y un líder que funcionen como respaldo. Mientras se habla de la soledad del “freelance”, muchos de ellos la viven hasta 40 horas a la semana, lo que podría afectar la generación de ideas novedosas que pueden darse de la mano de un equipo y sus formas de relacionamiento.

El tema del autotrabajo es un reto interesante y que no se puede tomar a la ligera por parte de los gobiernos, entidades promotoras de salud y emprendedores. La decisión de muchos por ser trabajadores autónomos va más allá de la idea de no tener jefes, sentirse exitosos y dueños de su tiempos y talentos. Estas iniciativas, una vez maduradas, pueden ser ese tipo de negocios que evolucionan y alimentan la cifra recogida en 99 países por parte de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), según la cual el 70 % del empleo es creado por los trabajadores autónomos y las pequeñas y medianas empresas.

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